Enfoque Sociopolítico: La política mexicana ante el espejo de sus alianzas
Por Agustín Peña Cruz*
Que jueguen limpio. Esa debería ser una exigencia elemental para todos los partidos políticos para 2027, particularmente cuando México se aproxima a un nuevo ciclo electoral en el que las alianzas, los cambios de camiseta y las estrategias de supervivencia partidista volverán a ocupar el centro de la discusión pública.
La política mexicana tiene una memoria incómoda: aquello que ayer se condenaba desde la oposición puede convertirse mañana en una práctica tolerada cuando cambian los protagonistas. El fenómeno no es exclusivo de una fuerza política. El PRI, durante décadas, fue señalado por sus adversarios por el uso de estructuras políticas, recursos públicos y mecanismos de control electoral. Hoy, paradójicamente, algunos de esos cuestionamientos provienen de sectores que, en otros momentos, formaron parte del mismo sistema político.
El caso de Morena resulta particularmente revelador. Una parte importante de su clase política tiene antecedentes en otros partidos, especialmente en el PRI. Muchos de quienes hoy ocupan posiciones relevantes dentro del movimiento llegaron después de haber militado o desempeñado cargos bajo otras siglas. Esto no constituye, por sí mismo, una irregularidad: cambiar de partido es parte de la dinámica democrática. El problema aparece cuando las prácticas políticas que antes se defendían o ejercían terminan siendo reproducidas por quienes ahora prometen una transformación.
La paradoja es evidente. Si una generación de políticos aprendió a hacer política dentro de las estructuras tradicionales, difícilmente puede suponerse que el simple cambio de partido elimina de manera automática esas prácticas. Morena heredó parte de esa clase política y, con ella, también algunos de sus métodos, inercias y vicios. Por eso el verdadero reto de la llamada transformación no consiste únicamente en cambiar las siglas del poder, sino en modificar la forma de ejercerlo.
Pero existe otra contradicción todavía más profunda: la relación entre el PRI y el PAN.
Durante décadas, ambos partidos construyeron buena parte de su identidad política confrontándose. El PAN cuestionó al priismo por corrupción, autoritarismo y prácticas electorales que consideraba incompatibles con una democracia moderna. El PRI, por su parte, presentó al panismo como una alternativa política distante de sus principios y de su tradición histórica.
Hoy, sin embargo, ambos partidos podrían encontrarse compartiendo candidaturas, estrategias y objetivos electorales.
No se trata necesariamente de una anomalía democrática. Las coaliciones son instrumentos legítimos de competencia política. Lo que resulta cuestionable es la contradicción entre el discurso histórico y la realidad presente. Aquellos que durante años se presentaron como adversarios irreconciliables ahora pueden convertirse en aliados cuando existe un objetivo común: disputar el poder a Morena.
En Tamaulipas, esta posibilidad adquiere particular relevancia de cara al proceso electoral de 2027. La eventual construcción de acuerdos entre PRI y PAN en municipios del estado proyecta un cuestionamiento inevitable: ¿qué proyecto común puede sostener una alianza construida fundamentalmente para derrotar a un adversario?
Porque una coalición electoral puede sumar votos, pero no necesariamente construye un proyecto político.
El ciudadano merece conocer qué principios unen a los partidos, qué compromisos asumirán y, sobre todo, qué harán una vez que obtengan el poder. La política no debería reducirse a una operación matemática de candidaturas y posiciones.
El riesgo es que los intereses particulares de las dirigencias terminen imponiéndose sobre las necesidades colectivas. Cuando las alianzas se construyen únicamente para conservar espacios, recuperar posiciones o desplazar adversarios, la ciudadanía deja de ser el centro de la política y se convierte en instrumento electoral.
Morena tampoco puede asumir que las contradicciones de sus adversarios garantizan su permanencia en el poder. El desgaste político puede aparecer cuando un partido deja de responder a las expectativas que depositaron en él sus electores. Los señalamientos nacionales e internacionales sobre presuntos vínculos de algunos actores políticos con organizaciones delictivas deben ser atendidos con seriedad, debido proceso y transparencia, sin convertir acusaciones en condenas anticipadas ni permitir que la impunidad sustituya a la justicia.
El partido gobernante tiene, por ello, una responsabilidad adicional: presentar candidatos con trayectorias capaces de resistir el escrutinio ciudadano. La selección de perfiles competitivos no puede limitarse a la lealtad partidista. Se necesitan personas cuya conducta pública, patrimonio, antecedentes y desempeño puedan ser examinados sin que la candidatura se convierta en un problema para el propio movimiento.
La democracia también necesita instituciones de justicia independientes, capaces de investigar cuando existan elementos y de actuar conforme a derecho. Ni las acusaciones políticas deben convertirse en sentencias anticipadas ni las relaciones de poder pueden transformarse en escudos contra la investigación.
El principio debe ser sencillo: quien tenga responsabilidades públicas debe responder ante la ley.
México enfrenta así una paradoja que trasciende las próximas elecciones. Los partidos cambian de nombre, de alianzas y de discurso, pero buena parte de sus protagonistas continúa siendo la misma. El verdadero cambio, entonces, no puede medirse solamente por quién gana una elección, sino por la capacidad del sistema político para modificar sus prácticas.
La ciudadanía no necesita nuevas promesas envueltas en viejas fórmulas. Necesita gobiernos eficaces, candidatos confiables y partidos capaces de reconocer sus propias contradicciones.
Que jueguen limpio todos.
Porque ninguna coalición, ningún partido y ningún grupo político debería estar por encima del interés colectivo. La democracia pertenece a los ciudadanos, y son ellos quienes finalmente tienen la capacidad de premiar, castigar o retirar su confianza a quienes pretenden gobernarlos.
La transformación política será real cuando las ambiciones de las cúpulas dejen de ocupar el primer lugar y el bienestar de la sociedad vuelva a ser la razón fundamental para ejercer el poder.
Nos vemos en la siguiente entrega mi correo electrónico es agustin@noticiaspc.com.mx
* El Autor es Master en Ciencias Administrativas con especialidad en relaciones industriales, Licenciado en Administración de Empresas, Licenciado en Seguridad Pública, Pasante de la Licenciatura en Derecho, Periodista investigador independiente y catedrático.
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